Me gusta perderme en el alcohol hasta olvidarme de la porquería de la que está compuesta mi vida. Saberme fuerte, seguro de mí y que puedo decirlo todo sin el más mínimo asomo de arrepentimiento. Despertar en un sitio sin conocer a ciencia cierta cómo diablos llegué ahí. Encontrarme con raspones, moretones, zapatos perdidos, tarjetas de desconocidos, sin un peso en la bolsa, sin pantalones, sin camiseta, con un extraño dolor en el cuerpo, con llamadas perdidas, con largas llamadas realizadas y no saber lo que dije: con toda la cruda moral de saber que sigo vivo.
Sentirse vivo para algunos es estar con su familia, trabajar en lo que les gusta, descansar en la playa mientras su amante los mira suspirando como las palomas que duermen afuera de las iglesias, encontrar un paraíso y quedarse en él hasta que la muerte pudra su piel y otra mano abrace su mano, igual; verde y arrugada.
Yo no entiendo cómo existen personas que insisten en morir conscientes. El mundo es un carajo, la sociedad, la familia, la escuela, el trabajo, cualquier relación humana, la pobreza, la riqueza, la igualdad, en fin: el pensar en el otro es una mierda. Por eso se salvan los niños y los borrachos, porque ellos sólo piensan en sí mismos y nada más, por estar bien consigo, por quitarse la sed y las palabras que son como un enjambre de abejas que se ha guardado durante años en su boca.
Por eso tampoco entiendo los reproches que hacen a la vagancia perdida de los teporochines que se pasean apenas con su botella de alcohol del 96, personas que deciden cruzarse de calle o mirar con cara de fuchi al beodo inconsciente de su mala fortuna. ¿Cuándo han visto un borracho quejarse de sí mismo? Se quejan del mundo, de los ojos que lo han castigado, del amor que saltó un día por la ventana, por la falta de cigarros, por la historia que nunca terminaron, pero de su borrachera nunca.
Existe un momento en mí donde me doy cuenta que me estoy dividiendo y esa parte infame de mi conciencia me pide control y serenidad y prudencia y que pague mi cuenta y salga corriendo de ahí mismo en ese instante, confieso; me he escuchado. Pero cuando me permito olvidarme de toda esa patraña de ojos que gritan, hay otro lugar en donde me reciben con fanfarreas y manos cálidas y la política no importa, mucho menos el existencialismo, el arte es cualquier cosa pero ninguna persona, el whisky tiene un connotación deprimente que se palpa en el blues, del mezcal flota un aire cálido de lucidez extrema, las sombras de los cuerpos hablan, las palabras se acomodan, el aire sabe distinto, la noche se vuelve oxígeno y nada de eso queremos que acabe.
Ayer por ejemplo, hablé con un borracho que decía “cuando era joven como tú; era millonario y cargaba las bolsas llenas de billetes, y llevo 63 años tomando y fumando y soy una roca, nadie me tira ni gringos ni políticos, porque todos vienen a comer a mi negocio, gobernadores, presidentes municipales, todos, nadie se queda afuera y he tenido de todo; perros, gatos, hijos de la chingada, hijos que se quedaron en estados unidos, hijos cabrones que siguen en México, y dicúlpame; así hablo, no te lo digo en inglés porque me cagan los gringos, pinches pendejos que piensan que uno es esclavo, pero yo no, yo nunca me dejé, les dije, pos regrésenme, patéenme el culo si quieren, pero yo no me hinco bola de cabrones, y los putos se hicieron pendejos porque sabían que era más caro correrme y contratar a otro y así tengo este huerto, el criadero de mojarras y bagre y todo, he conocido a todos y a todas pero como todo mal conocí a las mujeres y que me disculpen, pero el amor cobra y como la plantas, las mujeres crecen porque quieren, si no quieren no crecen, pero mira, yo brindo de pie cuando tú sigues sentado”. Entonces me paré y supe que mi edad era endeble.




